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Lo que nadie dice sobre el apoyo chileno a Argentina y Brasil en el Mundial

Cada cuatro años se repite el mismo ritual discursivo: Chile queda fuera del Mundial y de inmediato empieza el debate sobre qué selección adoptar. El debate casi siempre termina en el mismo punto. El apoyo chileno a Argentina y Brasil en el torneo se presenta como algo natural, inevitable, casi instintivo. Nadie detalla qué hay detrás de esa naturalidad construida. Eso es exactamente lo que vale la pena examinar con más cuidado del habitual.

La naturalidad que no es tan natural

El apoyo de los hinchas chilenos a estas dos selecciones no surgió espontáneamente desde las profundidades del alma sudamericana. Fue construido durante décadas por la industria televisiva, los medios deportivos y la lógica del mercado futbolístico. Argentina y Brasil son los equipos con mayor poder comercial en el continente, los que generan más publicidad, los que mueven más dinero en derechos de transmisión y los que tienen una infraestructura mediática que ningún otro país de la región puede igualar.

Que los medios chilenos los posicionen como las opciones naturales para los aficionados locales no es una casualidad ni un reflejo fiel de las preferencias espontáneas de la gente: es rentable. Esto no invalida el afecto genuino que muchos chilenos sienten por esas selecciones. Pero sí invita a preguntarse en qué medida ese afecto fue cultivado desde afuera y en qué medida nació desde adentro.

La rivalidad que se suspende convenientemente

Con Argentina, la situación tiene una paradoja que pocas veces se nombra con claridad. Durante las eliminatorias sudamericanas, el partido Chile-Argentina es presentado por los medios locales como uno de los encuentros más importantes y cargados del calendario. La narrativa es de rivalidad, tensión y orgullo nacional en juego. Pero cuando llega el Mundial sin Chile, esa narrativa se pausa con una facilidad sorprendente, y la misma prensa que construyó la rivalidad ahora invita a todos a ponerse la camiseta albiceleste y gritar los goles.

Hay algo cognitivamente inconsistente en eso, y los hinchas más reflexivos lo perciben aunque no siempre lo verbalicen. La rivalidad no desaparece porque un periodista diga que es hora de apoyar al vecino. Para muchos, sigue ahí, silenciosa pero persistente, apareciendo en los momentos menos convenientes para el relato de la solidaridad sudamericana.

Lo que se pierde cuando se adopta una camiseta prestada

Seguir a Argentina o Brasil en el Mundial tiene un costo que casi ninguna guía del hincha menciona: el desapego de uno mismo como espectador libre. Cuando uno decide apoyar a un equipo —aunque sea de forma prestada— activa los mismos mecanismos emocionales que operan con la selección propia. La alegría, la frustración, la ansiedad antes de un penal, el malestar después de una derrota.

Eso puede ser exactamente lo que uno busca en el Mundial. Pero también puede resultar agotador, especialmente si el equipo elegido atraviesa una eliminación traumática. El hincha que apoyó a Brasil en 2014 y vio el 7-1 ante Alemania en el Maracanã sabe bien de qué se habla. Hay una versión de ver el Mundial que es menos apasionada pero también considerablemente menos dolorosa: la del espectador que no tiene bandera.

El espectador libre como opción legítima

La guía no escrita del Mundial sin Chile habla de adoptar equipos, crear grupos de WhatsApp con nombres de selecciones prestadas y decorar el espacio donde se ven los partidos con la bandera del equipo elegido. Lo que nadie recomienda abiertamente —porque no genera contenido, no vende publicidad y no produce conversaciones de bar— es ver los partidos sin comprometerse con nadie.

Ese espectador libre existe en Chile en mayor número del que el relato mediático reconoce. Ve los cuartos de final por el nivel de juego. Celebra los goles bonitos sin importar qué selección los marca. Puede cambiar de favorito a mitad del torneo sin sentir que traiciona ningún principio. Al final del Mundial, tiene una relación más tranquila con el resultado, y probablemente recuerde más partidos con claridad porque los vio con ojos menos ansiosos.

La adhesión transitoria y sus efectos posteriores

Hay una situación que nadie menciona en las celebraciones de la adhesión temporal: ¿qué pasa cuando el equipo que uno apoyó en el Mundial anterior enfrenta a Chile en las eliminatorias siguientes? La camiseta prestada no construye ningún tipo de lealtad real ni modifica la identidad futbolística de fondo, pero sí puede crear una confusión de afectos que resulta al menos incómoda.

Los hinchas que vivieron Qatar 2022 apoyando a Argentina tuvieron que reordenar sus emociones cuando llegó el momento de ver a Chile jugar contra la albiceleste en el ciclo clasificatorio siguiente. No es un problema existencial, pero ilustra que las adhesiones temporales no son completamente neutras: dejan algún tipo de sedimento en la memoria afectiva del hincha.

Una propuesta concreta

Lo que este texto propone no es que los chilenos dejen de apoyar a Argentina o Brasil. Lo que propone es que esa decisión sea consciente y no automática. Que el aficionado se pregunte genuinamente si quiere comprometerse emocionalmente con un equipo que no es el suyo, y que entienda que no hacerlo es igualmente válido e igualmente compatible con disfrutar el torneo.

El Mundial tiene suficiente calidad futbolística como para ser seguido sin bandera propia. Hay selecciones africanas que juegan con una intensidad y una creatividad que pocos equipos europeos pueden igualar. Hay partidos de primera ronda que superan en calidad a muchas finales. Abrir el espectro más allá de Argentina y Brasil puede transformar la experiencia del torneo en algo más rico, más sorpresivo y menos predecible. Eso es lo que nadie dice en los días previos al primer silbato.

Lo que nadie dice sobre el apoyo chileno a Argentina y Brasil en el Mundial
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